Las Manzanas

Había una vez, un apartamento relativamente pequeño en el centro de Brístol, Reino Unido. Entre sus cuatros paredes estaba a punto de contarse una historia sencilla pero con un sentido claro. El caso es que la pequeña pareja de estudiantes que vivía allí estaban terminando de calentar el segundo recipiente de fideos instantáneos.

- Ese es mi lado de la mesa, Marcus. - El nombrado rodó los ojos y se levanto de la silla para ponerse en frente del que se había quejado. - ¿Contento? - Empezaron a comer, hablando cada uno de su día, profesores, deberes, cansancio, comidas, y un sin fin de temas escolares. 

- Lo que iba diciendo Connor, que estoy harto de comprar cosas y que se acaben al momento. Bueno, no hace falta que sea instantáneamente, pero por ejemplo los móviles ya no duran tanto y los ordenadores son cada día menos duraderos... ¡estoy harto! - Este comentario sorprendió al chico que tenía al otro lado de la mesa, y cuando terminó de sorbes los pocos fideos que le quedaban tomó aire y dijo. - Hey, eso me recuerda al cuento que hizo Cynthia, uno para su clase de infantil. ¿Quieres que te lo cuente? - Marcus asintió no con mucho entusiasmo. - ¿Un cuento para dormir? Por qué no.

- Había una vez... - El otro chico se rió. - ¿En serio vas a empezar así? - Hizo una mueca y levantó los dos brazos a la vez a la altura de la cabeza. - Vale, si quieres no la cuento. - Al ver que su compañero le sonría como pidiendo perdón prosiguió.

- Había una vez una pequeña plaza donde se reunían gente bastante pobre, allí hablaban, pasaban el rato y se quejaban de cosas, lo normal. El caso es que se encontraban dos amigos que llevaban visitando esa plaza varios años, los dos juntos. Un día frío de invierno el más viejo llevaba una pequeña bolsa con lo poco que había podido comprar aquel día. Al otro chico, le pareció extraño que solo comprara una manzana porque tarde o temprano tendría más hambre y no tendría nada más sano que comer. El anciano le dijo que comería más tarde muchas más manzanas. Le invitó a ir con él para enseñarle lo que tenía entre manos, llevándolo hasta un pequeño campo un poco más lejos de la plaza.

Cuando llegaron, dejaron las bolsas apoyadas en el tronco de un manzano, la primera bolsa con una sola manzana y la segunda, del joven, con muchas. Hizo un hueco en el suelo un poco apartado del manzano y se comió la que había comprado. Bajo la atenta mirada del otro chico enterró varias pepitas de la manzana que se había comido. Acto seguido recogió algunas manzanas del manzano. El joven al ver que estaba cogiéndolas sin permiso le regañó. Pero el anciano sonrió. “Estas manzanas son mías, las plante hace muchísimo tiempo. Compré una y ahora tengo muchas más.” El joven entendió al momento lo que él mayor le quería enseñar. Tenía que pensar en el futuro de una forma que una sola cosa, como una sola manzana, a la larga le diera más beneficios. 

- Pues que cuento más corto y sencillo. - Se levantó de la mesa recogiéndola. -Es que es para niños pequeños, no para universitarios superdotados como tú. - Le hizo una mueca y se marchó por la puerta. 

Y aquí, el final del cuento. Y tú, ¿cuántas “manzanas” puedes plantar?


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